Dulce Pinzón
Kunsthaus Miami
Autor: Rafael López-Ramos publicado en Artnexus
En 2004 la artista Dulce Pinzón comenzó su más reciente serie La verdadera historia de los superhéroes en la que refleja, a través de 20 fotografías en color (10 de las cuales conformaron la exposición en Kunsthaus), un aspecto central de la vida del inmigrante latinoamericano en los Estados Unidos. Es decir, una vida de trabajo duro, desempeñando aquellas labores que los ciudadanos y residentes legales del país no desean realizar. Siendo ella misma una inmigrante (nació en México, 1974), en estas primeras fotos de la serie retrata a trabajadores mexicanos en Nueva York, que accedieron a posar para ella en sus respectivos puestos de trabajo, típicos de inmigrantes, como la construcción, la agricultura, la limpieza de pisos o de vidrios en rascacielos, mesero de restaurante, etc.; pero el detalle más significativo en estas obras de Pinzón es que todos sus protagonistas están vestidos como algún superhéroe de la tradición de historietas y el cine de los Estados Unidos o de México. Un trabajador de restaurante que hace entregas a domicilio en bicicleta es Superman, otro que se aferra a la fachada de un rascacielos, mientras limpia sus ventanas, es el Hombre Araña, una asistente de lavandería es la Mujer Maravilla, otro que trabaja limpiando pescado es Aquaman, un obrero de la construcción es Chapulín Colorado, un estibador de productos agrícolas es The Hulk, una niñera es Catwoman.
El hecho de travestir la identidad de sus modelos, podría crear cierta confusión sobre la intención de la artista, quien más bien trata de establecer un paralelo entre los personajes populares de la cultura en que se inserta el inmigrante, y su verdadero carácter de héroes con respecto a las familias y comunidades de éstos en sus países de origen. Pinzón disuelve tal ambigüedad recurriendo a un clásico recurso conceptualista: el texto. Un texto a medio camino entre el pie de foto periodístico y el comentario museográfico, pues lo inserta en la tarjeta con la ficha técnica de las obras, junto a estas, sobre la pared. Ello nos permite conocer la verdadera identidad de los modelos, muchas veces oculta bajo el disfraz de superhéroe que visten, y así el Hombre Araña se convierte en Bernabé Méndez, del Estado de Guerrero, quien envía 500 dólares al mes a su familia en México, el Superman en bicicleta es Noé Reyes, originario del Estado de Puebla, que trabaja en Brooklyn y envía 500 dólares a la semana, y la Mujer Maravilla es María Luisa Romero, del Estado de Puebla, quien manda 150 dólares a la semana, Aquaman es Juventino Rosas, del Estado de México y envía 400 semanales, Chapulín Colorado es Adalberto Lara, del Estado de México y envía 350 semanales, The Hulk es Paulino Cardozo, del Estado de Guerrero y envía 300 semanales, la Catwoman es Minerva Valencia, de Puebla, y envía 400 semanales.
De esta manera el ensayo fotográfico de Pinzón se nos revela de súbito como una aguda y sutil investigación sociológica sobre un importante sector poblacional -esta especie de población flotante y fantasma que son los trabajadores manuales indocumentados. Pero estos héroes multiétnicos encarnan un concepto de heroicidad que rebasa en muchos aspectos las convenciones y la imaginación espuria de las historietas y el cine fantástico, al tratarse de "gente que día a día sacrifica parte de su vida para mejorar su realidad y afectar positivamente la de los otros", según expresa la artista en la declaración con que presenta la serie La verdadera historia de los superhéroes en su sitio web www.dulcepinzon.com. "Un superhéroe en el contexto de la cultura pop exige que un determinado personaje tenga un poder extra humano para salvar y proteger a sus congéneres. Esto traducido a la vida cotidiana, un poder extraodinario puede ser por ejemplo: la capacidad de supervivencia en condiciones extremas, ya sea laborales o climáticas".
Desde el punto de vista estético estas fotografías de Dulce Pinzón se basan en una puesta en escena que tiende a crear una atmósfera de extrañamiento visual, que resulta de la conjunción entre el cuerpo de los modelos latinoamericanos -cuyas identidades se insinúan o adivinan bajo el disfraz del superhéroe- y la incongruencia de dichos trajes con el entorno laboral en que estos se desempeñan cotidianamente. Precisamente de esta yuxtaposición mana la ironía en que se basa el comentario social que recorre toda la serie de fotos, a ello habría que añadir el duro contraste entre la apariencia kitsch del vestuario superheróico y la dignidad y realismo del entorno laboral de los modelos, que podría subrayar la mutua dependencia entre la economía de la gran potencia que necesita mano de obra barata y los inmigrantes que vienen buscando las oportunidades de un mercado laboral pantagruelico que les tiene reservado un nicho muy específico, tras la promesa de una mejor vida para ellos y su familia.